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LA VIDA COTIDIANA DE LOS AZTECAS

 

 

Vida cotidiana
Códice Cospi

La vida diaria de un azteca, independientemente de su posición social, estaba sujeta a los mandatos de sus dioses. Lo mágico-religioso y la existencia cotidiana formaban un conjunto inseparable que se manifestaba en todas las actividades desarrolladas por las personas. Así por ejemplo, la guerra siempre se hacía en nombre y con el apoyo del dios tutelar Huitzilopochtli; sin la presencia de la divinidad, la guerra perdía sentido y la muerte en combate era estéril.

En cambio, morir en la guerra ritual significaba acceder a un mundo superior al amparo de los dioses. No obstante, de acuerdo con la mayoría de los especialistas en el tema, el pueblo azteca se caracterizaba por una suerte de pesimismo vital y una actitud resignada que contemplaba a los hombres como juguetes de los dioses. En virtud de ello, su vida era muy austera y se basaba en severas normas de convivencia.

Códice Florentino

La capital Tenochtitlán fue el centro de las actividades de los aztecas.

Se accedía a ella por tres impresionantes calzadas que la comunicaban con las orillas del lago Texcoco. Estos verdaderos terraplenes de piedra y tierra se extendían por miles de metros, siendo la calzada de Iztapalapa la más larga con 11 kilómetros.

Tenochtitlán

El centro de la ciudad poseía casi ochenta edificios entre los cuales destacaba el gigantesco templo dedicado a Quetzalcóatl con una base rectangular de 300 metros y una altura de 76 metros. Alrededor del centro se ubicaban las residencias de la nobleza y el mercado que, a la llegada de los españoles, mostraba una bullante actividad que involucraba a unas 40.000 personas equivalentes a la población de Sevilla en aquel entonces.

Mientras más se alejaba uno del centro, disminuían la calidad de las construcciones y la riqueza de sus moradores. En los contornos de la ciudad, por último, se encontraban las chozas de la mayor parte población.

 

La vida cotidiana de los Aztecas en vísperas de la conquista

Sobre el vasto territorio de México, desde dos o tres milenios antes de nuestra era hasta el año fatídico de 1519 que presenció la invasión de los europeos, se han sucedido tantas civilizaciones diversas, elevándose cada una a su tiempo para después desplomarse como las olas del mar, que es necesario situar con precisión, en el tiempo y el espacio, el tema del presente libro.

 

Jacques Soustelle, (1955/2014), La vida cotidiana de los Aztecas en vísperas de la conquista, México. FCE, vigésima reimpresión.

Jacques Soustelle, (1955/2014),
La vida cotidiana de los Aztecas en vísperas
de la conquista,
México. FCE, vigésima reimpresión.

Introducción

La civilización mexicana estaba en pleno auge. No había transcurrido un siglo desde que el primero de los grandes soberanos aztecas, Itzcoatl (1428-1440), había fundado la triple alianza. En México-Tecochtitlán a 2 mil 200 metros de altitud, en las orillas de las lagunas y sobre el agua misma de ellas, fue donde se construyó en unas cuantas décadas el poder más extenso que jamás conociera esta parte del mundo.

En Europa, el mundo moderno comienza a moler su mineral. En este año de 1507 en el cual los mexicanos, una vez más, “ataron los años” encendiendo el Fuego Nuevo sobre la cima del Uixachtécatl, Lutero acababa de ordenarse sacerdote. Hace un año que Leonardo da Vinci ha pintado la Gioconda y que Bramante ha comenzado la erección de la Basílica de San Pedro, en Roma. Francia está empeñada en grandes guerras con Italia; en Florencia, Nicolás Maquiavelo es Ministro de la Guerra. España ha realizado la reconquista de su suelo venciendo a los moros de Granada. Ningún blanco sabe todavía que más allá del Estrecho de Yucatán y del Golfo de México hay tierras inmensas, con ciudades en las que los hombres se amontonan como hormigas con sus guerras, sus Estados y sus templos.

En cada “capital” de las provincias conquistadas por los aztecas residía un funcionario, el calpixqui, encargado de recaudar el impuesto. Sólo había gobernadores nombrados por el poder central en ciertas plazas fuertes situadas en las fronteras o en las regiones recientemente sometidas. Las ciudades incorporadas conservaban sus propios jefes con la condición única de pagar el tributo; otras sólo estaban sujetas a enviar regalos más o menos obligatorios al emperador, o a suministrar alojamiento y provisiones a las tropas o a los funcionarios que estaban de paso; otras, en fin, colonizadas de manera más estricta habían recibido nuevos gobernadores enviados de México. Cada ciudad conservaba su autonomía administrativa y política, con la sola reserva de pagar impuesto, suministrar contingentes militares y de someter, en última instancia, sus litigios a los tribunales de México o de Texcoco. No existía, pues, una verdadera centralización; lo que nosotros llamamos imperio azteca era más bien una confederación nada rígida de ciudades-estado con situaciones políticas muy diversas.

 

  1. La ciudad

En la época de la conquista española, la ciudad de México englobaba a la vez a Tenochtitlán y la Tlatelolco. La plaza central de Tenochtitlán, como las de los barrios, debía servir como mercado. “Tiene esta ciudad muchas plazas, escribe Cortés, donde hay continuos mercados y trato de comprar y vender.” “Y sin embargo, agrega, tiene otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor. Donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo; donde hay todos los géneros de mercaderías que en todas las tierras se hallan, así de mantenimientos como de vituallas, joyas de oro y de plata”, etcétera.

Sandalias, cuerdas, pieles de jaguar, de puma, de zorra y de venado, crudas o curtidas, se amontonaban en los lugares reservados a ese tipo de mercancía, junto con plumas de águila, de gavilán y de halcón. Se vendía maíz, frijol, semillas oleaginosas, cacao, chile, cebolla y mil especies de legumbres y de hierbas; Guajolotes, conejos, liebres, carne de venado, patos y perritos cebados, mudos y sin pelo, que tanto apreciaban los aztecas; frutas, camotes, miel, almíbar de caña de maíz (sic) o de maguey; sal, colores para teñir telas y para escribir, cochinilla, índigo; vasijas de barro cocido de todas formas y dimensiones, calabazas, vasos y platos de madera pintada; cuchillos de pedernal o de obsidiana, hachas de cobre, madera para construcción, tablas, vigas, leña, carbón de madera, trozos de madera resinosa para antorchas, papel de corteza o de áloe; pipas cilíndricas de carrizo, llenas de tabaco y listas para usarse; todos los productos de la lagunas, los peces, las ranas y los crustáceos y hasta una especie de “caviar” formado por los huevos de insectos recogidos en la superficie del agua; y esteras, sillas, braseros…

Había en todas partes un amontonamiento prodigioso de mercancías, una abundancia inaudita de artículo de todo género que una muchedumbre compacta —llena de rumores, pero de ninguna manera ruidosa, tal como son todavía los indígenas actuales, serios, reposados— rodeaba deambulando alrededor de las canastas. “Hay (en este mercado), dice Cortés, casas como de boticarios, donde se venden las medicinas hechas, así potables como ungüentos y emplastos. Hay casas como de barberos, donde lavan y rapan las cabezas. Hay casas donde dan de comer y beber por precio.”

 

  1. La sociedad y el Estado a principios del siglo XVI

Desde su nacimiento, el varón está consagrado a la guerra. El cordón umbilical del niño se entierra junto con su escudo y unas flechas en miniatura. Se le dirige un discurso en el cual se le anuncia que ha venido al mundo a combatir. El dios de los jóvenes es Tezcatlipoca, también llamado Yaotl “el guerrero”, y Telpochtli, “el joven”. Es el que preside las “casas de jóvenes”, telpochcalli, que reciben, en cada barrio, a los adolescentes desde la edad de seis o siete años. La educación que se imparte en esos colegios es esencialmente militar, y los jóvenes mexicanos no sueñan más que en distinguirse. Desde los diez años, se les cortan los cabellos dejando crecer solamente un mechón, piochtli, sobre la nuca, que sólo podrán cortar el día en que, en combate, hayan hecho un prisionero.

Sin duda, “La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista”, de Jacques Soustelle, es una publicación singular. Editada originalmente en francés, en 1955, y después publicada en español por el Fondo de Cultura Económica —y reimpresa en varias ocasiones—, marcó un precedente importante, pues el autor acudió a diversas fuentes históricas como los escritos de Sahagún, Durán, Torquemada y otros cronistas, así como a diversos códices. De esta manera y de primera mano, Soustelle brindó una visión de los pormenores de la vida diaria en la ciudad de Tenochtitlan, basándose no solamente en los documentos antiguos, sino en el dato arqueológico.

 

acordero@fcfm.buap.mx

 

Una jornada en la vida de un noble azteca

(National Geographic)

Cada mañana, tras lavarse y desayunar, los nobles de la hermosa Tenochtitlán se dirigían al trabajo en el centro de la ciudad

136 Aztecas 1. El baño diario

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El baño diario

Aunque esta escena del Códice florentino muestra un baño ritual del dios Quetzalcóatl, cabe imaginar que los aztecas se lavaban de forma parecida, echándose agua con un cuenco en el baño o junto a un río.

Imagen: Age Fotostock

136 Aztecas 2. Una comida abundante y variada

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Una comida abundante y variada

En este dibujo aparecen dos hombres comiendo maíz que toman de cestillos de fibra vegetal. En los platos-trípodes hay trozos de carne de ave, seguramente pavo (guajolote).

Imagen: Age Fotostock

136 Aztecas 3. El vestido de la diosa

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El vestido de la diosa

La diosa Chalchiuhtlicue, esposa del dios Tlaloc, aparece sentada y vestida como las mujeres aztecas, con una falda y un huipil (blusa bordada). Por su espalda caen dos largas trenzas. Era llamada “la de la falda de jade”. Museo del Hombre, París.

Foto: Bridgeman / ACI

Cráneos aztecas

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Cráneos aztecas

Cráneos parcialmente excavados en el Templo Mayor, un sitio arqueológico azteca situado en Ciudad de México.

Foto: Héctor Montaño / INAH via AP / Gtres

Una jornada en la vida de un noble azteca

En Tenochtitlán, la hermosa capital del Imperio azteca, cada jornada empezaba al son de los tambores que tocaban los sacerdotes desde lo alto de los templos de la ciudad. Según escribía un cronista español, Diego Durán, al oír los timbales “los caminantes y forasteros se aprestaban para sus viajes, los labradores iban a sus labranzas, los mercaderes y tratantes a sus mercados y se levantaban las mujeres a barrer”. También empezaba así el día para las clases nobles formadas por los guerreros, funcionarios y sacerdotes que regían el Imperio.

Con la salida del sol, en cada casa noble los sirvientes debían tener todo preparado para el cuidado de sus señores. Éstos dormían en una estera o petate, de aproximadamente 1,35 metros de ancho por 1,9 de largo, sobre la que se colocaban suaves mantas de algodón que servían de colchón. Al despertar los señores, los criados doblaban el petate y las mantas y los guardaban en baúles para dejar la sala despejada. La gente de condición modesta, en cambio, no disponía de mantas y se limitaba a doblar el petate y apoyarlo contra la pared para mitigar el frío o la humedad.

Ducha por la mañana

Hombres y mujeres se bañaban al menos una vez al día, utilizando jabón que hacían con el fruto del copalxocotl o de la raíz de la saponaria y secándose con suaves paños de algodón. Los varones, como apenas tenían barba, no necesitaban afeitarse, pero sí se peinaban, recogiéndose el cabello con una cinta roja a la que añadían exhuberantes plumas de pájaros tropicales que marcaban su alto estatus. Las mujeres, por su parte, se peinaban con la raya en medio y dos trenzas recogidas en lo alto de la cabeza, con las puntas hacia arriba (si estaban casadas). Disponían de cosméticos, pero preferían una cara natural porque, como escribió un cronista español del siglo XVI, el padre Sahagún, “poner colores en ella, por parecer bien, es señal de mujeres mundanas y carnales […] Lo usan las desvergonzadas”. Hay que señalar que entre los nobles se practicaba la poligamia, y los hombres podían tener tantas esposas como su economía les permitiese.

El varón contaba con dos prendas básicas: el taparrabos y una manta sobre el hombro izquierdo

Los nobles utilizaban ropas de algodón, largos especiales y adornos de plumas, oro o jade. El varón contaba con dos prendas básicas: el maxtlatl o taparrabos, que pasaba entre sus piernas y ataba bajo el ombligo, dejando caer una larga tira por delante y otra por detrás a modo de faldellín; y la tilmatli, una manta que se anudaba sobre el hombro izquierdo. La mujer llevaba el huipil, una blusa bordada de color blanco, y una falda hasta la rodilla que se sujetaba con una tira bordada como si fuera un cinturón. Los tejidos más apreciados eran los de la costa del golfo de México, por sus magníficos diseños; de aquella zona las mujeres aztecas importaron un poncho bordado, rematado con flecos. Se calzaban con sandalias llamadas cactli, cuyas suelas estaban hechas de fibra vegetal y piel, y tenían taloneras y cordones para ajustarlas.

Una vez aseados y vestidos, los varones se sentaban, con las piernas cruzadas y la manta colocada hacia delante, en unas sillas bajas elaboradas con fibra vegetal y madera. Así tomaban la primera comida del día, consistente en deliciosas tortillas de maíz recién tostadas, con algún relleno de carne o pescado, y una jícara de chocolate; todo ello servido en recipientes de la preciosa cerámica roja y negra de Cholula, que tanto gustaba a la élite azteca. En cambio, el resto de la población no ingería su primera comida -unas tortillas o una bebida de atolle, harina de maíz hervida- hasta que las bocinas marcaban desde el templo la segunda hora del día, alrededor de las nueve de la mañana.

La hora de comer

Los nobles trabajaban en el centro ceremonial donde, además de los templos y adoratorios, estaban los palacios reales, las dependencias administrativas y las principales escuelas. Unos se dedicaban a asesorar al tlatoani o gobernante en los asuntos políticos y militares. Otros eran respetados jueces que dictaban sentencias de acuerdo al código legal, en un plazo máximo de ochenta días, o bien se ocupaban de la administración de la hacienda y la recaudación de impuestos, de la que se encargaban los calpixques. Los sacerdotes instruían a los pequeños nobles en el calmecac o escuela, atendían los templos y preparaban las festividades. Los guerreros veteranos, por su parte, formaban a los jóvenes en el telpochcalli o escuela militar. Había asimismo inspectores que supervisaban que en el mercado no hubiera altercados, ni estafas en precios y medidas.

Al mediodía, los ministros del templo tocaban las bocinas y las caracolas

Según el cronista Diego Durán, “cuando era mediodía en punto los ministros del templo tocaban las bocinas y caracoles, haciendo señal que ya podían todos comer”. Era el momento de hacer una pausa para tomar una comida frugal. Mientras que los más humildes bebían el atolle y comían tortillas con frijoles que se llevaban de casa, otros preferían acudir a alguna fonda de las que había en la zona del mercado, donde, según Hernán Cortés, se podía comprar bebida y comida “en casas donde dan de comer y beber a precio”. En cambio, a los que permanecían en las dependencias del centro ceremonial les llevaban comida de las cocinas de palacio. Tras este corto descanso, todos volvían a sus quehaceres hasta la puesta del sol, cuando los tambores y las trompetas del templo sonaban de nuevo para marcar el fin de la jornada laboral.

Cenar tras un buen baño

De vuelta a casa, los nobles, antes de cenar, tomaban un baño de vapor en el temazcal, una estancia con una pared pegada al fuego de la cocina, que siempre estaba encendido para que el baño pudiera usarse en cualquier momento. En el temazcal se colocaban plantas aromáticas, como la cacaloxochitl, y los nobles se hacían dar masajes, normalmente por enanos que podían estar de pie en los bajos techos de este cuarto.

Tras el baño, los nobles se vestían con ropas limpias y se sentaban en torno a la mesa, cubierta por hermosos manteles. Los criados servían platos de carne, pescado y verduras, que se tomaban con trocitos de tortilla de maíz a manera de cubiertos, que se mantenían calientes sobre pequeños braseros de barro. Los sirvientes no sólo estaban pendientes de que no faltara comida o bebida, sino que a menudo pasaban aguamaniles para que los comensales se lavaran las manos, que se secaban en paños de algodón. Para beber se acostumbraba a tomar agua, aguamiel o zumos. El consumo de alcohol -en particular el pulque o uctli, que se elaboraba fermentando el jugo del maguey- estaba prohibido hasta los 52 años, edad en la que los nobles podían “jubilarse” y gozar de ciertas prerrogativas.

Al terminar la cena, los señores aztecas salían al patio principal de su residencia y, rodeados de flores y arrullados por el agua de las fuentes, se sentaban en cómodos cojines para paladear un buen chocolate espumoso y fresquito, endulzado con miel y vainilla o condimentado con chile, mientras disfrutaban de una pipa de tabaco hasta que desde el templo los sacerdotes anunciaban la hora de dormir con las antorchas encendidas y con sus bocinas. Entonces, “se ponía la ciudad en tanto silencio -escribía Diego Durán- que parecía que no había hombre en ella, desbaratándose los mercados, recogiéndose la gente, quedando todo en tanta quietud y sosiego que era extraña cosa”.

Para saber más

La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista. Jaques Soustelle. FCE, México, 2002.

 

 

FUENTES:

http://www7.uc.cl/sw_educ/historia/conquista/parte1/html/h54.html

La vida cotidiana de los Aztecas en vísperas de la conquista

https://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/una-jornadaen-la-vida-deun-noble-azteca_9158/4

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